el dedo en la llaga

Pero una mañana fui a ver a mi abuela y volví a ser golpeado y humillado, por no hacer ni intentar lo que como fotógrafo me exigía.
Mi abuela, una delgada y fotogénica mujer a la que veía de Pascuas a Ramos, fumaba con su habitual elegancia, recostada en un sillón, el cigarro de después de desayunar.
Frente a ella yo sudaba frío… ¡Enfermaba!
No era para menos. La mejor foto, el retrato que nunca, ni aún queriéndolo, hubiese podido hacer de mi abuela, estaba al alcance de mi mano. Todo encajaba: la luz, el decorado… y su bata de raso rosa, que sin que ella se apercibiese se había abierto, y uno de sus pechos colgaba fuera.
Y allí estaba yo, teniendo la certeza de que si no tomaba la foto en segundos, esa imagen única desaparecería para siempre, se volatilizaría en la nada.
Debía ser rápido, armarme de valor.
¡Tendría premio seguro!
Pero la puta cámara reposaba silenciosa en una silla a mi lado, avergonzada de tener por compañero a un cobarde que no hacía otra cosa que gritarse en silencio:
“¡Hazle la foto! ¡Hazle la foto!”.
No fui capaz.
Cerré los ojos sólo un momento y al abrirlos ya no hubo tiempo.
Mi abuela se miró, y al descubrir el desaguisado, se tapó rápidamente y se fijó en mí… que disimulaba mirando hacia otro lado.
Pensé en abandonar.
Me sentí como el cazador herido por su propia arma.
Descubrí que la fotografía, al ser espejo de mi cobardía, podía ser un arma cruel vuelta contra mí mismo.

Moriremos mirando, Alberto García-Alix

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