Archive for the ‘libros’ Category

la llama

octubre 7, 2010

En la vida de las personas hay una cosa especial que sólo puede tenerse en una época especial. Es como una pequeña llama. Las personas precavidas y con suerte la preservan con todo cuidado, la hacen crecer, la llevan como una antorcha que ilumine sus vidas. Pero, una vez se pierde, esa llama no puede volver a recuperarse jamás.

Sputnik, mi amor, Haruki Murakami.

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conocerse

junio 18, 2010

La mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo forzarme? ¿Cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿Hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿Cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrarme profundamente en mi interior? ¿Hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella?

De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami.

hacer

mayo 15, 2010

Sábete Sancho, que no hay un hombre que sea más que otro, sino que hace más que otro.

Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.

la vocación tardía

octubre 6, 2009

La mayoría de la gente pierde la ocasión de dedicarse a su vocación tardía y a partir de ese momento lo hacen todo a medias, como si su idea de la realización profesional naciese muerta. Para mí fue todo lo contrario. Descubrí que tenía una vocación natural que se escondía tras una falsa vocación.

El periodista deportivo, Richard Ford

el dedo en la llaga

marzo 5, 2009

Pero una mañana fui a ver a mi abuela y volví a ser golpeado y humillado, por no hacer ni intentar lo que como fotógrafo me exigía.
Mi abuela, una delgada y fotogénica mujer a la que veía de Pascuas a Ramos, fumaba con su habitual elegancia, recostada en un sillón, el cigarro de después de desayunar.
Frente a ella yo sudaba frío… ¡Enfermaba!
No era para menos. La mejor foto, el retrato que nunca, ni aún queriéndolo, hubiese podido hacer de mi abuela, estaba al alcance de mi mano. Todo encajaba: la luz, el decorado… y su bata de raso rosa, que sin que ella se apercibiese se había abierto, y uno de sus pechos colgaba fuera.
Y allí estaba yo, teniendo la certeza de que si no tomaba la foto en segundos, esa imagen única desaparecería para siempre, se volatilizaría en la nada.
Debía ser rápido, armarme de valor.
¡Tendría premio seguro!
Pero la puta cámara reposaba silenciosa en una silla a mi lado, avergonzada de tener por compañero a un cobarde que no hacía otra cosa que gritarse en silencio:
“¡Hazle la foto! ¡Hazle la foto!”.
No fui capaz.
Cerré los ojos sólo un momento y al abrirlos ya no hubo tiempo.
Mi abuela se miró, y al descubrir el desaguisado, se tapó rápidamente y se fijó en mí… que disimulaba mirando hacia otro lado.
Pensé en abandonar.
Me sentí como el cazador herido por su propia arma.
Descubrí que la fotografía, al ser espejo de mi cobardía, podía ser un arma cruel vuelta contra mí mismo.

Moriremos mirando, Alberto García-Alix

la especialización

septiembre 4, 2008

Nos enseñan a pensar y conocer a través de la especificación y la especialización, lo cual no es malo, ni mucho menos, es natural y necesario. Sin embargo no es suficiente. Cualquier sabio de la antigüedad, desde un sacerdote de Heliópolis a un astrólogo babilonio, desde un arquitecto ateniense a un asceta del monte Carmelo, entendería que nuestro modo de acercarnos al conocimiento es sencillamente incompleto. Porque ellos supieron que cualquier plenitud no se alcanza sino con una unión de opuestos y que, por lo tanto, cualquier conocimiento específico, y por lo tanto parcial, ha de ser siempre acompañado de un conocimiento integral, es decir, global. Sólo en la confluencia de ambos está el verdadero y único conocimiento.

De este modo y por pura necesidad, el que más se especializa, más debe generalizar. Y viceversa, el que quiera generalizar deberá en la misma medida concretar, especificar. De ahí que los grandes técnicos y científicos de la antigüedad también fueran filósofos y poetas. De ahí que los escribas fueran también artistas; los arquitectos, sacerdotes; y los obreros, cantantes y bailarines.

La divina geometría, Jaime Buhigas Tallón

el método académico

agosto 25, 2008

El axioma de Emerson, según el cual los buenos libros reemplazan a la mejor Universidad, ha conservado para mí innegable validez, y aun ahora estoy convencido de que se puede llegar a ser un excelente filósofo, un historiador, un filólogo, un hombre de leyes o lo que sea, sin haber jamás frecuentado una Universidad, y ni siquiera un Instituto. En la vida práctica he comprobado infinidad de veces que muchos anticuarios están mejor informados que los catedráticos de su materia; los vendedores de objetos artísticos, mejor que los investigadores del arte; y que una gran parte de las sugestiones y descubrimientos esenciales, en todas las materias, son debidos a legos. Por muy práctico, conveniente y saludable que el método académico resulte para el talento mediano, me parece superfluo para las naturalezas individualmente creadoras, en las que puede hasta tener el efecto de una traba.

El mundo de ayer, Stefan Sweig

la ropa

marzo 1, 2008

Con el tiempo, nuestras prendas se parecen cada vez más a nosotros y revelan el caracter de su usuario, hasta el punto de que vacilamos en deshacernos de ellas, lo que al fin hacemos no sin resistencia y con la misma solemnidad y aparato que acompañaría el renunciar a nuestro propio cuerpo. Ningún hombre ha merecido merma alguna en mi estimación por llevar un remiendo; y, sin embargo, estoy seguro de que por lo común es mayor la ansiedad que causa el deseo de disponer de vestidos a la moda, o por lo menos limpios y sin parches, que de tener una conciencia cabal. Pero, aun si el roto no es zurcido, peor sea quizás el vicio de la imprevisión. Algunas veces he puesto a prueba a algunos de mis conocidos con preguntas como ésta: “¿Quién de vosotros podría llevar un remiendo sobre la rodilla o hasta un par de costuras de más?”. La mayoría han reaccionado como si en tal evento les fuera poco menos que el destino. Les sería mucho más fácil renquear por la villa con una pierna quebrada que con un pantalón roto. Y con frecuencia se da el caso de que si a las piernas de un caballero les sobreviene un percance, éste sea susceptible de arreglo; pero si tal ocurriere con las perneras de su pantalón, no hay remedio ¡pues el hombre acepta no lo que es verdaderamente respetable sino lo respetado! Y así es como conocemos sólo unos pocos hombres, y una gran cantidad de chaquetas y calzones.

Walden, Henry David Thoreau

la ansiedad

febrero 5, 2008

El sol brilla, el cielo es de un azul intenso, el viento es agradable, y yo tengo unas ganas locas – unas ganas locas – de todo… De charlar, de libertad, de amigos, de soledad. Tengo unas ganas locas… de llorar. Querría estallar. Las lágrimas me apaciguarían, lo sé, pero soy incapaz de llorar. No me quedo quieta, voy de una habitación a otra, me detengo para respirar a través de la rendija de una ventana cerrada, y mi corazón late como si dijera: “Pero vamos, satisface de una vez mi deseo…”. Creo sentir en mí la primavera, el despertar de la primavera; lo siento en mi cuerpo y en mi alma. Me cuesta lo indecible portarme como de costumbre, tengo la cabeza enmarañada, no sé qué leer, qué escribir, qué hacer. Sólo sé que me invade una gran ansiedad.

Diario, Ana Frank.

la debilidad

enero 12, 2008

El sofisma que me perdió es el mismo de la generalidad de los hombres que se lamentan de carecer de energía cuando ya no es tiempo de necesitarla. Si la virtud nos cuesta trabajo, es por culpa nuestra, y si quisiésemos ser siempre buenos, rara vez tendríamos necesidad de ser juiciosos; pero nos dejamos llevar por inclinaciones fácilmente combatibles, cedemos a pequeñas tentaciones cuyo peligro despreciamos, e insensiblemente llegamos a encontrarnos en situaciones peligrosas que hubiéramos podido evitar muy fácilmente y de que luego no podemos escapar sino por medio de heroicos esfuerzos que nos espantan. Y caemos, al fin, en el precipicio clamando a Dios: “¿Por qué me hiciste tan débil?” Pero, a pesar nuestro, responde su voz en nuestras conciencias: “Te he hecho harto débil para salir del abismo, porque te he hecho bastante fuerte para no caer en él”.

Confesiones, Jean-Jacques Rousseau